El respeto a la Madre Tierra es tan importante como el rigor científico para la conservación de la vicuña, un animal «emblemático» y de gran valor para los pobladores del altiplano, a cuyo estudio dedica su vida la bióloga argentina Bibiana Vilá, recientemente distinguida por Naciones Unidas.

Vilá lleva 25 años entregada a la preservación y defensa de esta especie, perteneciente a la familia de los camélidos, que habita a 3.800 metros sobre el nivel del mar, y que tiene en la caza furtiva su principal amenaza por la calidad de su lana y su elevado precio.

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Vital para su ecosistema

«(La vicuña) Tiene un alto valor, pero antes que para el mercado, para su ecosistema porque es el animal más grande de la Puna, una especie bandera porque si se la conserva a ella, se salva a otro montón de especies que no son tan notables, como algunos sapos, por ejemplo», indicó la bióloga en una entrevista concedida a la agencia EFE.

Para la captura de los ejemplares y su posterior estudio, Vilá, directora del grupo de investigación VICAM (Vicuñas, Camélidos y Ambiente) recuperó un ritual prehispánico, denominado «chaku», que lleva a cabo junto a los miembros de su equipo.

«Consiste en realizar una ‘chayada’, es decir un agujero en la tierra, a la que se le da comida, hojas de coca, cigarrillos y alcohol, para que nos entregue a las vicuñas por un ratito», explica la investigadora, que fue reconocida con el Premio Midori de la ONU por su trabajo.

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Rituales ancestrales

Una vez capturadas, las vicuñas son trasladadas a una cooperativa situada en la provincia de Jujuy, en el norte de Argentina, donde se les toma muestras de sangre y se les coloca un collar para su identificación, antes de esquilarlas y devolverlas a la naturaleza.

«Nuestros chakus son científicos. No veo ninguna imposibilidad de hacer una chayada y que recién después los investigadores tomemos una muestra de sangre para el laboratorio y, ahí sí, quiero la ciencia más dura para medir las hormonas del animal», señala Vilá.

Las muestras de sangre servirán para la investigación de la especie, pero su lana queda a beneficio de la comunidad local, agrupada en la cooperativa agroganadera Santa Catalina, con quienes el equipo de Vilá trabaja «codo a codo».

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Exploración, aventura y ciencia

«Cumplimos con todo lo que se espera de una investigación y publicamos en español e inglés con los protocolos más rigurosos, pero es la relación con el poblador local y cómo él interacciona con la especie, lo que permite que la ciencia que uno hace abra el corazón», destaca. La amenaza más seria con la que lidian los investigadores y «futuros técnicos» en labor de conservación de la especie es la caza furtiva, porque «la vicuña se transformó en una mercancía, en un ‘commodity’ por el alto valor de mercado de su fibra».

Las historias, la cultura y la fauna del altiplano son parte de lo que «enamora» a Vilá y lo que la atrajo para regresar allí desde que viajó de mochilera al norte argentino, Bolivia y Perú por primera vez, siendo estudiante de Biología de la Universidad de Buenos Aires. «Yo tenía una cosa muy ‘naif’ con los animales y quería ser exploradora como Jacques Cousteau. Lo interesante fue que eso no se fue, sino que la ciencia lo encauzó», asegura Vilá, quien también posee un doctorado por la Universidad de Oxford.

«Es muy emocionante el reconocimiento de muchos años de trabajo y conservación de una especie del altiplano, que brinda su fibra a cambio de la conservación y que encima parece que está lejos de todo, que nadie lo ve», concluye la bióloga.

Fuente: EFE, Agencias

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