Hemos sido educados en la creencia de que necesitamos comer mucha proteína, tanto para crecer como para mantener nuestro cuerpo sano y en forma. También nos han enseñado que la proteína, la “buena” proteína, viene principalmente del reino animal, en forma de carne, pescado, huevos, leche y derivados.

Pues resulta que estábamos equivocados. En primer lugar, necesitamos mucha menos proteína de la que creemos e ingerimos. ¿La mejor prueba? La leche materna. Es lógico razonar que cuando somos bebés es cuando más crecemos y, por lo tanto, necesitamos la mayor cantidad de proteína de nuestra vida. Si analizamos el porcentaje de proteína en la leche materna encontraremos que hay solamente entre un 0,9%i y un 1,2%, según cómo calculemos los datos.

A título comparativo, la leche de vaca contiene 4 veces más proteínas; la leche de conejo, 10 veces más. No es de extrañar. Los humanos tenemos características diferentes de otros animales. De hecho, cada especie animal tienes sus particularidades. En nuestro caso, la prioridad es el desarrollo del cerebro y un crecimiento físico lento para dar más tiempo al aprendizaje social y al apego con los progenitores. En algunos casos, los datos disponibles hablan de un 5-7% de proteínas en la leche materna.

La diferencia se basa en que aquí el cálculo se realiza como porcentaje del total de calorías. Es decir, que un bebé de hasta 6 meses recibe aproximadamente un 6% de sus calorías en forma de proteína. Después, la naturaleza nos indica, a través de los cambios en la composición de la leche materna, que este porcentaje sigue bajando. Pero si decidimos usar este método de cálculo, por el motivo que sea, deberíamos comparar la leche materna con otros alimentos. Así, por ejemplo, el brócoli crudo aporta un 33% de sus calorías en forma de proteína. Los pistachos tostados, un 15%.

La conclusión es simple. En las etapas de mayor crecimiento del ser humano los porcentajes de proteína que necesitamos son mucho menores de los que consumimos actualmente. Expresado desde un punto de vista diferente, podríamos decir lo siguiente: es imposible sufrir una carencia de proteínas que no esté acompañada o causada por una simple falta de calorías. En otras palabras, si uno no tiene hambre, al parecer ya comió bastante proteína. La excepción sería si una persona se dedica a comer sólo azúcar o galletitas de chocolate. En cualquier caso, alguien que comiera exclusivamente pan o patatas, por poner un ejemplo, sufriría de escorbuto (carencia de vitamina C); pero no de carencia de proteína.

Por si acaso quedara alguna duda, lancemos un desafío público y pidamos ayuda en la recolección de casos de malnutrición y carencia de proteínas. Donemos incluso 100 euros por cada caso registrado de hospitalización debido a carencia proteínica no ligada a falta de calorías. ¿Cuántos casos conoces tú?.

Aun así, para no ser quisquillosos y con el fin de demostrar que no hay problema en conseguir proteína de los alimentos vegetales, ciñámonos a las recomendaciones de la OMS (Organización Mundial de la Salud): 0,8 gramos de proteína por kilo de masa corporal. Esto equivale, según parámetros de buena salud y condición física, a un 10,9% del aporte calórico total diario. Es todavía mucho menos de lo que contiene la mayoría de los alimentos vegetales.

En segundo lugar, hay que aclarar el mito de la “proteína completa”. No existe proteína buena y proteína mala: podemos encontrar en el reino vegetal toda la proteína que requiere nuestro cuerpo para su buen funcionamiento. Entendamos en primer lugar qué es una proteína. Las proteínas son moléculas compuestas de aminoácidos. Se conocen 21 tipos de aminoácidos, de los cuales 9 deben ser ingeridos a través de los alimentos y el resto puede ser reciclado por nuestras células.

Siempre se ha creído que la proteína animal es más completa porque contiene los 9 aminoácidos esenciales. Sin embargo, ahora se sabe que también los vegetales tienen todos los aminoácidos esenciales, lo que pasa es que suele haber uno de ellos en cantidades muy bajas.

Este es el motivo por el cual se recomienda normalmente combinar ciertos alimentos. Aunque al principio parecía un arte muy complicado, en realidad resulta algo de lo más sencillo. Hay que combinar algún tipo de legumbre (garbanzos, lentejas, habichuelas, habas, guisantes…) con algún tipo de cereal (trigo, arroz, cebada, maíz, avena…). Para ello, la sabia gastronomía popular del mundo nos asiste: arroz con frijoles, pita con hummus o falafel, mujaddara (arroz con lentejas).

Además, a diferencia de lo que se creía en el pasado, no es necesario combinar estos alimentos en la misma comida. Al parecer, ni siquiera hace falta que sea durante el mismo día, ya que el cuerpo sabe almacenar e utilizar los aminoácidos necesarios para construir proteínas. No obstante, incluso si esto nos pareciera complicado y nos empeñáramos en no diversificar mínimamente nuestra alimentación — con los otros problemas nutritivos que esto acarrearía—, también recibiríamos nuestra ración recomendada de proteína.

Aunque no parece una idea muy seductora, sólo para ilustrar y demostrar este punto, conviene saber que la ingesta de 12,75 tazas de maíz aporta los 63 gramos de proteína “completa” recomendados a un varón de 80 kgiii. Si no le gusta el maíz, puede comer 15,5 tazas de arroz cocinado, o 8 papas grandes, o 2,5 tazas de tofu.

Estos son los datos científicos más básicos. Sin embargo, a veces resulta más útil y significativo conocer los casos de atletas y deportistas de élite veganos. Cada vez hay más, en muchos países. Especialmente llamativos son los casos del mundo del culturismo. Por ejemplo, Patrick Baboumian, vegano, es el Hombre Más Fuerte de Alemania con 105Kg. Alex Dargatz es otro vegano que ganó el campeonato mundial de culturismo en 2005 tras 5 años absteniéndose de productos de origen animal. Kennet G. Williams y Joel Kirkilis también ganaron campeonatos de culturismo siendo veganos.

En atletismo, precisamente en las maratones y las ultramaratones, los atletas veganos están rompiendo todas las ideas preconcebidas. Hay mucha motivación por demostrar que la dieta estrictamente vegetariana ayuda a mejorar los registros físicos de cualquier atleta. La estrella indiscutible de esta categoría es el atleta de ultra-maratón Scott Jurek, autor del libro “Correr, comer, vivir” y ganador de numerosas competiciones y medallas en todo el mundo.

Vegano desde 1999, tiene centenares de miles de seguidores a quienes inspira con su estilo de vida sano, su actitud ética y su espíritu de superación. Su última hazaña —el 12 de julio de 2015— ha sido batir el récord del Appalachian Trail (Sendero de los Apalaches), una ruta de senderismo de 3500 km al este de los EEUU que Scott Jurek completó en 46 días, 8 horas y 10 minutos.

Y aun así, quizás el mayor ejemplo de todos sea el caso de Carl Lewis, uno de los mejores atletas de todos los tiempos, ganador de nueve medallas de oro olímpicas. Tras varios años en los que había perdido su indiscutible hegemonía en las carreras de 100 metros, Lewis se pasó a una dieta vegana. Un año más tarde, en 1991, en los Campeonatos Mundiales de Tokyo, con seis de los ocho finalistas por debajo de la barrera de los 10 segundos, Carl Lewis volvió a ganar y batió además el record mundial. Con lágrimas en los ojos, él mismo decía: “Es la mejor carrera de mi vida. La mejor técnica, la más rápida. Y lo he hecho con 30 años”.

La influencia de la dieta vegana sobre sus logros atléticos era resumida así por el propio Carl Lewis: “Mi mejor año de competición en velocidad fue el primer año que comí una dieta vegana”. Así pues, se mire como se mire, podemos establecer con la conciencia tranquila que no tenemos ninguna necesidad de ingerir proteína de origen animal. Si lo hacemos es por gusto o comodidad, no por necesidad.

Fuente: Joseph de la Paz / Libro La Revolución Vegana
+Información: https://vitaminavegana.com/

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here